III CONGRESO ECUATORIANO DE
ANTROPOLOGÍA Y ARQUEOLOGÍA
Guayaquil, 6 al 10 de Octubre de 2008

por arqueólogo: Victor Falcón Huayta

Guayaquil se encuentra en la desembocadura de un ancho río color chocolate, propio de tierras tropicales que podemos ver en nuestra selva amazónica. Hace recordar al Ucayali, pero las aguas del Guayas acarician a una ciudad extensa y moderna. Aquí se desarrolló, entre el 6 y 10 de Octubre el III Congreso Ecuatoriano de Antropología y Arqueología.

La idea de este reporte es compartir impresiones de eventos de arqueología en América latina en la medida que define un contexto regional cuyas singularidades, muchas veces, no entendemos más allá de referencias generales. En realidad, ¿cuánto conocemos de los países latinoamericanos? Seguramente la respuesta es muy limitada, al menos personalmente. Sin embargo, estaremos de acuerdo que conocerlos a partir de las historias de sus pueblos se perfilará la complejidad y lo más común entre nuestros países. La consecuencia natural es el acercamiento, la solidaridad y una conciencia sustentada de un destino común. Teniendo esto en mente, recorrimos los poco más de mil quinientos kilómetros que separan Lima de Guayaquil, a través de nuestra árida costa y las verdes y cálidas tierras del golfo ecuatoriano.


Guayaquil en el s. XIX. Foto en el Centro de Convenciones “Simón Bolívar”.

A favor de un orden, comentaré las reuniones a las que asistí, claramente guiado por mi formación y particular interés académico previos. Disculparán los lectores este sesgo, el objetivo principal de esta impresión personal es estimular el interés en conocer realidades vecinas y comenzar a pensar la historia precolombina –y los problemas actuales– en este contexto. Una actitud que nuestros colegas norteamericanos y europeos han tenido con Sudamérica desde siempre. Tal vez, justamente por eso, porque nos miran desde afuera, y nosotros miramos hacia afuera desde nuestros acotados países, obviando a la región.

Hay que admitir que, no pocas veces, nuestras investigaciones se concentran exclusivamente en el sitio, el estilo o la temática arqueológica y no van más allá de las fronteras nacionales, con un conocimiento muy superficial de las arqueologías de nuestros vecinos andino-amazónicos. Esto queda claramente evidenciado cuando asistimos a eventos realizados en estos países, que deberían ser verdaderas zonas de encuentro para los latinoamericanos, ahora que todo parece estar más cerca y la tecnología permite comunicaciones a distancia en tiempo real y bajos costos. Lo anterior es, antes que nada, una reflexión y una autocrítica.


Mesa de Honor en la inauguración del evento.

El congreso se realizó en el Centro de Convenciones “Simón Bolívar”, infraestructura de un ex-aeropuerto adaptado para nuevas funciones. El salón “Eloy Alfaro” fue la sede de las principales reuniones, entre éstas, la inauguración del evento, con una Mesa de Honor integrada por personalidades internacionales invitadas para la ocasión y que, posteriormente, tuvieron sendas participaciones en los diferentes simposios.

Los presentadores hicieron un recuento general de los anteriores congresos y se recordaron reuniones pioneras, como aquella organizada por Carlos Zevallos Menéndez (Simposio sobre correlaciones entre el área Andina y Mesoamérica, 1971). Un aspecto destacable fue la confluencia de varias instituciones para llevar a cabo esta tercera versión del congreso, entre ellas, la Corporación Nacional de Arqueología, Antropología e Historia (CONAH), la Sub-Secretaría de Patrimonio Cultural y el apoyo del Alcalde de la ciudad de Guayaquil Jaime Nebot Saadi quien estuvo presente en la inauguración. Finalmente, una rueda de prensa recogió las expresiones de Jorge Marcos Sub-Secretario de Patrimonio Cultural de la Provincia y uno de los animadores principales del certamen.


Entrevista a Jorge Marcos al final de la inauguración del III Congreso Ecuatoriano de Antropología y Arqueología.

Por la tarde del primer día se llevaron a cabo cinco simposios simultáneos, de los cuales llamó nuestra atención el denominado: “Reencuentro Grupo de Arqueología como Ciencia Social”, con la participación de Jorge G. Marcos (Ecuador), Iraida Vargas y Mario Sanoja (Venezuela), Manuel Gándara, Felipe Bate y Héctor Díaz Polanco (México) y Juan José Ortiz (Puerto Rico). El grupo es representativo de la llamada “arqueología social latinoamericana” y retomaron discusiones directas sobre tópicos teóricos que –confesaron– habían dejado pendientes desde hace casi tres décadas.


Manuel Gándara (México). Uno de los principales animadores de las discusiones del grupo de “Arqueología como Ciencia Social”.

Efectivamente, la discusión tomó un cariz de recuento y repaso de categorías básicas como verdad, hipótesis, método, técnica, teoría y patrimonio desde el punto de vista marxista cuyos problemas principales se enlistó para discusiones más profundas que –se dijo– no podían hacerse en esa reunión. En ese sentido se tomó pulso a la vitalidad y vigencia de los conceptos de la arqueología como ciencia social, comparándola con otras corrientes teóricas, que se reconocieron más dinámicas y preferida por los estudiantes de arqueología latinoamericanos.

Gándara llamó a explicitar –en la praxis arqueológica– los pasos del método marxista del estudio de los restos materiales producto de las actividades sociales y a superar el déficit de las facilidades analíticas que la arqueometría ofrece actualmente, reconociéndolos como una “desventaja” importante en relación a las investigaciones desarrolladas por colegas de países del hemisferio norte o, simplemente, de aplicación prioritaria en otras corrientes teóricas de la arqueología practicadas en Latinoamérica. ¿Cómo superar este déficit en la región?, ¿acaso propiciando la creación de un gran centro regional de arqueometría?, ¿es posible demandar laboratorios, personal y equipos especializados costosos para el uso exclusivo de los arqueólogos?, o, ¿debemos seguir resignándonos a la dependencia tecnológica y científica en este rubro también?.

Tal vez superar esta limitación sea una combinación de respuestas que consideren: a) El fomento de las técnicas analíticas pertinentes en la región, b) La instalación de laboratorios exclusivamente dedicados al análisis de restos arqueológicos (cómo tendría que ser un laboratorio de radiocarbono, por ejemplo) y/o, c) “Compartir” o hacer uso de laboratorios que trabajan con diversas ciencias y especialidades, lo que parece más viable en nuestras condiciones y como sucede en nuestro medio con diferentes laboratorios universitarios o institucionales. Una última propuesta –no excluyente y complementaria– podría ser constituir una red de laboratorios de arqueometría latinoamericanos interconectados que, con un centro de coordinación regional y, mediante un portal de internet, podría actualizar y mantener actualizados a los arqueólogos latinoamericanos que requerimos de sus servicios.


El almuerzo era una ocasión propicia para confraternizar entre amigos nuevos y aquellos que volvíamos a encontrar en el evento. En la foto: Gonzalo Alarcón (Chile), Atsushi Yamamoto (Japón) y Henning Bischof (Alemania) en un restaurante del boulevard a orillas de Guayas.

Finalmente, también se reconoció un déficit en la comunicación de la producción de los arqueólogos marxistas de “la arqueología como ciencia social” que no debería existir, sobretodo tomando en cuenta las facilidades virtuales de las que ahora disponemos. Asimismo, Manuel Gándara manifestó la importancia de entrenar a los alumnos y guiarlos en la praxis arqueológica haciéndose accesibles y disponibles para sus consultas. A este respecto se dijo que no existe un lugar virtual específico al cual acudir para obtener información sobre los proyectos, logros, productos y planes futuros de esta posición teórica.

Las sesiones culminaban con sendos conversatorios por la noche. En el primer día del congreso estuvo a cargo de Mario Sanoja e Iraida Vargas (Venezuela) con un conversatorio sobre: “El papel de los antropólogos en los nuevos procesos de integración latinoamericana”. Mario Sanoja introdujo el tema con una sinopsis que se inició con los primeros pobladores de América, su desarrollo autónomo, sus procesos de integración y diferenciación poblacional y cultural. Posteriormente, bosquejó el contexto de la llegada de los europeos y la “ruptura” que esto significó para el desarrollo autónomo que aquí se experimentaba pues produjo un proceso de inclusión forzosa en un sistema mundial dirigido por Europa y que desembocó en el capitalismo.

No obstante esto, no sería posible entender a los países de Sudamérica y el Caribe sin los componentes nativos originarios, por lo que planteó que es más pertinente hablar de ‘Nuestra América’, ya que los perfiles característicos de nuestros países echan raíces y se definen por estos contenidos originarios y no por aquellos elementos venidos de Europa.

Iraida Vargas dijo que no necesitamos cualquier tipo de antropólog@s. Necesitamos antropolog@s comprometidos con los procesos de integración de nuestros pueblos y con la construcción cotidiana de mecanismos de solidaridad en el interior y exterior de límites (léase países) que fueron impuestos, de algún modo, por intereses de potencias del siglo XIX.

La intervención del público abrió el debate. Y, como no podía ser de otra manera, se analizó la situación regional en el marco de la actual crisis económica mundial. Una intervención pertinente y ponderada enfatizó que la integración latinoamericana debe considerar el aspecto cultural y no sólo el político-económico y que, en este sentido, debería atenderse la recuperación de la “etnicidad” (de importancia actual en Ecuador y reflejado en su nueva Constitución) y la cultura popular, y que este fenómeno debería ser captado por los académicos para articularlo y proyectarlo al proceso de integración.

Concomitante con ello, se indicó que en el Ecuador, por ejemplo, la corriente neoliberal (de fuerte presencia regional en los noventa y que en el Perú significó la reducción del aparato estatal a su mínima expresión, incluido el Instituto Nacional de Cultura) eliminó la Escuela de Arqueología y Antropología de la ESPOL (Escuela Superior Politécnica del Litoral) porque “no significaba ganancia”. Ante las nuevas condiciones políticas en el país, su recuperación debería ser una política de Estado.

Personalmente, pienso que deberían considerarse otros aspectos pertinentes que van más como, por ejemplo, los problemas que las comunidades nativas peruanas han enfrentado ante las inversiones en tierras comunales altoandinas y de la Amazonía. Se han suscitado conflictos con empresas extractivas y/o petroleras, pues las comunidades se sienten “pasadas por alto” por el Estado, que promulga normas inconsultas y que vulneran derechos consagrados por tratados internacionales suscritos oficialmente como el Convenio Nº 169 de la OIT (Sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes).

Los representantes de las empresas terminan por reconocer que “es necesaria la asesoría de antropólogos” para tratar con las comunidades nativas, en una clara muestra de que un país donde está vigente una economía de libre mercado también necesita de escuelas de Ciencias Sociales vigorosas que ayuden a superar viejas taras, que conculcan derechos ciudadanos (léase de comuneros y nativos también) y que reeditan situaciones que parecen más propias de una condición colonial.


Conversatorio: “El papel de los antropólogos en los nuevos procesos de integración latinoamericana”. De izquierda a derecha Marena Briones (Moderadora) y los expositores Mario Sanoja e Iraida Vargas del Ministerio de Cultura de Venezuela.

Según Mario Sanoja las escuelas de Ciencias Sociales fueron las primeras víctimas de aquella oleada de políticas neoliberales a ultranza que se instalaron en nuestros países en décadas pasadas. Recordó conversaciones con diferentes científicos sociales que trataban de aparecer como “imparciales”. En este sentido, dijo que era preferible un científico social con una posición teórica clara que aquellos de posiciones ambiguas y hasta “esotéricas”. Se tocó el tema de la reciente crisis mundial originada en los Estados Unidos de Norteamérica y que, inicialmente, fue considerada como “leves fallas del mercado” por los voceros de Wall Street. Sin embargo, ahora sabemos que es un fenómeno social que afectara a todo el orbe y que previsiblemente significará un cambio en el panorama mundial con el aparente colapso del “mundo unipolar”.

Este sería un momento histórico extremadamente importante para Sudamérica pues se perfila como un potencial candidato a un protagonismo futuro. ‘Nuestra América’ se encontraría en un nuevo proceso de integración entre pueblos. No entre estados o sus representantes oficiales, sino entre pueblos que se reconocen con los mismos problemas de marginación secular que rebasan las actuales delimitaciones nacionales. En esta circunstancia, los antropólogos serían más necesarios, pues se están integrando pueblos con un arco de variabilidad muy rica que, a su vez, conforman nuestros distintos países.

De acuerdo con Iraida Vargas la historia demuestra que no hubo imperio que no haya avasallado y causado devastación. La investigadora sostiene que ‘Nuestra América’ ostenta una tradición histórica de lucha contra la condición colonial y neocolonial. En los siglos de colonialismo la constante habría sido la lucha de pueblos oprimidos, y, si hubo periodos de relativa paz social, éstas habrían sido para las clases acomodadas en las ciudades-centros de poder. En este sentido, las luchas específicas deberían ser entendidas en el marco de las luchas generales contra las diferentes marginaciones germinadas y mantenidas por el sistema capitalista y sus crisis cíclicas, que definirían circunstancias políticas extremadamente importantes para los movimientos y gobiernos “progresistas”. Sostiene que no podremos integrarnos si no respetamos la diversidad, y entre éstas, a la diversidad cultural.

Sería diferente integrarse reconociéndose como países con pueblos culturalmente diversos que, solamente, como países económicamente complementarios. Por lo tanto, la integración haría necesaria la presencia de científicos sociales comprometidos con los pueblos y no sólo con los factores económicos o los gobernantes de turno.


Los asistentes comentan ponencias e intercambian experiencias en los descansos del evento.

El martes 7 de octubre se llevó a cabo la mesa redonda “Arqueología de rescate: entre la teoría y la práctica”, en la que participaron James A. Zeidler (Associate Director for Cultural Resources, Center for Environmental Management of Military Lands), Juan José Ortiz Aguilú (Universidad de Puerto Rico, Mayaguez), Gaetan Juillard (Investigador asociado a la IRD, Universidad de París 1- Panthéon–Sorbonne) y Alex Castillo (Ecuador).

Personalmente, creo que el tema es muy pertinente para el Perú. Sin embargo, en nuestro país no se han desarrollado debates o reuniones que tengan como foco central la llamada “arqueología de contrato” a pesar que ocupa a un número considerable de colegas. Hace unos años propiciamos una reunión con este tema con el ánimo de fomentar discusiones dirigidas a mejorar esta práctica y que afinara los mecanismos de su tramitación, ejecución, divulgación y –por qué no– exhibición de sus resultados. Pongo el caso de, por ejemplo, los trabajos de monitoreo y rescate realizados en el marco del “Proyecto Camisea” de los cuales no conocemos prácticamente nada. Su situación llega a rayar con una suerte de “secreto” que no se entiende en un ambiente académico y social saludable.


Mesa redonda: “Arqueología de rescate: entre la teoría y la práctica”. De izquierda a derecha, Francisco Valdéz (Moderador), James Zeidler, Juan José Ortiz, Gaetan Juillard y Alex Castillo.

Francisco Valdéz dio una breve introducción al tema tratando la situación ecuatoriana. Destaco la actualidad de este tipo de arqueología al punto de considerarla una “disciplina contractual”. “Nunca ha habido tanto dinero para hacer arqueología”, dijo, pero que al mismo tiempo “nunca ha habido una producción tan pobre”, en el sentido que se desconoce lo que se está haciendo pues el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural acumula informes de campo en donde de archivan “durmiendo el sueño de los justos”.

Según manifestó, la “arqueología de contrato” implica problemas éticos, de intereses de las empresas contratantes (petroleras, constructoras, firmas de ingeniería), de su inclusión dentro de los estudios de impacto normada legalmente, de la imposición de planes de trabajo, etc. Las empresas acelerarían “las formalidades” de los estudios de impacto para que puedan iniciar las obras encomendadas y, por supuesto, evitar detener obras en curso por la pérdida económica que acarrea. Hace poco más de una década comenzaron a surgir empresas dedicadas a estudios de impacto ambiental en el Ecuador. Se esperaba que se dieran las condiciones para estudios interdisciplinarios y así avanzar en el conocimiento de las sociedades y sus cambios, así como, los del ambiente. En la práctica, los resultados se encargaron de desmentir esta expectativa.

El moderador confesó que el tema de la mesa estaba pensado para un simposio en donde los arqueólogos presentaran los resultados de sus trabajos después de quince años de “arqueología contractual”, lo cual no fue posible justamente por lo “fantasmagórico” de este resultado. Debido, en parte, a las condiciones que imponen las empresas contratantes de no difundir estos resultados, pues existe una intensa competencia entre ellas propia de un escenario de libre mercado neoliberal extremo. La arqueología ecuatoriana termino por sufrir un impacto tal vez mayor de aquel que quiso evitar.

Juan José Ortiz prefirió usar el término original de “arqueología de rescate” debido a que alude a la intención original de rescatar el dato arqueológico. Recordó que el primer Congreso de Arqueología de Rescate se realizó en Quito en 1981, y fue auspiciado por la OEA y el Banco Central. Sus consecuencias fueron profundas para el área del Caribe, particularmente para Puerto Rico, ante el avance de obras de construcción; una de las actividades económicas principales de este país. Ante esta circunstancia y –según el ponente– de acuerdo al estatus nacional de estado asociado “todo lo que huele a rescate patrimonial huele a movimiento de independencia”. En ese trance hace su aparición en Puerto Rico el buscador de tesoros Mel Fisher –descubridor del barco Atocha en el estrecho de Florida– e intenta instalar una base de operaciones en la isla de Vieques, para ubicar barcos naufragados y proceder a su saqueo.

Una corriente de opinión pública propicio la intervención de los legisladores puertorriqueños a través de una investigación legislativa contra las actividades de Fisher que, finalmente, lo obligo a retroceder en sus planes.

Una consecuencia de esta experiencia fueron las leyes de protección de patrimonio subacuático y terrestre (1987-88). En Puerto Rico la arqueología de rescate también trajo disponibilidad de recursos por la exigencia legal de una “exploración arqueológica” previa a cualquier construcción. Se implementaron mecanismos de formación de nuevos arqueólogos con perspectivas de ocupación laboral. Asimismo, el nivel técnico y tecnológico de la arqueología puertorriqueña se elevo ante la exigencia de plazos de tiempos que se deben cumplir en la arqueología de contrato. Sólo se conservan las evidencias importantes mediante planes de mitigación.

James Zeidler ofreció una experiencia desde Norteamérica a través de su labor de los últimos quince años ejerciendo a nivel federal en ese país. Se proyecta a la arqueología de rescate por medio de la Universidad Estatal de Colorado, lo cual no es muy común. Y es que esta universidad trabaja exclusivamente en terrenos federales, principalmente del Departamento de Defensa norteamericano. El problema se plantea cuando esta institución utiliza esos terrenos para entrenamiento militar ya que, posteriormente, la regeneración del paisaje se hace imprescindible.


James Zeidler

De acuerdo con Zeidler, las fases en el rescate arqueológico en los EEUU son 1. Prospección, 2. Evaluación de sitios para determinar su relevancia, 3. Plan de mitigación ante la inminente afectación y/o destrucción del yacimiento arqueológico. Asimismo, una “declaración de trabajo” (“statement of work”) describe en un documento los alcances de la labor del arqueólogo, previene al contratista sobre sus obligaciones legales en cuanto a los bienes culturales y es la base de la relación entre el contratista y el arqueólogo de rescate. Se tiene especial cuidado en que estas declaraciones sean hechas por los técnicos pertinentes pues sus resultados implican hasta la calidad de los informes finales que el arqueólogo presenta al contratista.

Entre otras actividades Zeidler esta creando una base de datos sobre los recursos históricos de un determinado ámbito y su condición. Posteriormente, en gabinete hace estimaciones sobre los costos de su rehabilitación. Esta medida permite contar con referencias confiables para planificar y/o priorizar medidas de conservación. Se examinan los proyectos de construcción que están planeados para los próximos cinco años y luego se estiman los impactos en los bienes culturales para, finalmente, plantear opciones que eviten los daños y/o los minimicen.

Asimismo, debido a la premura de los contratos de rescate se han habilitado nuevas técnicas que permiten “modelos predictivos”. Este método se basa en la acumulación en una base de datos de los recursos culturales de un ámbito alimentando un sistema de información geográfica. Posteriormente, en base a análisis estadísticos se puede predecir la presencia de restos arqueológicos. Asimismo, un mapa que represente estas probabilidades puede sobreponerse con uno de proyectos de infraestructura, lo cual auxilia, preliminarmente, cuando no existen los recursos inmediatos para la prospección. Sobre esta base pueden solicitar los recursos económicos para realizar los trabajos arqueológicos y tomar decisiones a vista de los resultados de las prospecciones y/o excavaciones.

La determinación de la relevancia de un sitio arqueológico se hace a través de cateos, en donde se estima la potencia del yacimiento, grado de alteración, rasgos culturales singulares, etc. La ubicación de los cateos y la representatividad de sus resultados es un problema que trata de superarse con el uso de sensores remotos que “hacen blancos” que ubican mejor a los cateos.

De acuerdo con Zeidler, el rescate arqueológico ofrece posibilidades de trabajo para los graduados, pues con el grado de Magíster “no se hace nada” en los EEUU a nivel académico, y aún los Ph.D. tienen problemas para conseguir puestos de trabajo. Ante este panorama la arqueología de rescate se presenta como una opción concreta para ejercer la profesión. Los departamentos académicos de las universidades norteamericanas –inicialmente reacios a la arqueología de rescate– observan falencias en la formación de arqueólogos preparados para desempeñar estas labores. Zeidler inicio un esfuerzo para preparar mejor a los arqueólogos de rescate en la Universidad Estatal de Colorado.

Gaetan Juillard presentó una perspectiva desde Francia de lo que se denomina “arqueología preventiva”. Se preguntó: ¿Cómo pasamos de la arqueología de rescate a la arqueología preventiva?, y, opinó que en Ecuador este tipo de arqueología es “sencilla” pues esta sujeta al libre mercado. La “arqueología de rescate” sería como cualquier otro “producto”, en el sentido de que un contratista convoca a una licitación de empresas de arqueólogos dedicados a este rubro y toma el más “barato”. El problema empieza con el control estatal del nivel científico de estos trabajos.


Gaetan Juillard

En Francia, el 2001 se dio el marco legal para implementar una “arqueología preventiva”. Se creo el “Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva” (http://www.inrap.fr) que tenía como fin salvaguardar los bienes patrimoniales ante la realización de las obras de infraestructura necesarias para el desarrollo de ese país. El Ministerio de Cultura y el Ministerio de Investigación Científica tienen injerencia en este instituto, trabajando estrecha y coordinadamente. Posteriormente, nuevas normas francesas obligan a los constructores destinar el 20% del monto total de sus proyectos a trabajos de diagnóstico y excavaciones arqueológicas, si el caso lo hace necesario.

Esta base permite formular una arqueología “preventiva”, vale decir, planificar trabajos arqueológicos previos a las obras y no al revés –o como era costumbre– de ir detrás de las máquinas excavadoras a “recuperar lo que sale”. Para el año 2008 el Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva tuvo un presupuesto 147 millones de euros, con un staff de 1,951 técnicos y científicos a dedicación exclusiva (100 doctores y 300 magísteres). Estos recursos financieros y humanos se distribuyen en 8 direcciones regionales (jurisdicciones similares a las provincias ecuatorianas) y 50 centros de operaciones en jurisdicciones similares a los “cantones” ecuatorianos. En el año 2008 esta institución logró evaluar 11,500 ha de terrenos de terrenos destinados a obras y 62,000 ha desde el año 2002.

Asimismo, se registra un promedio de 1,100 operaciones cada año y unas 2,000 municipalidades estuvieron implicadas en este tipo de trabajos arqueológicos. Los científicos del Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva desarrollan sus investigaciones alrededor de los proyectos de arqueología de rescate.

El sistema Francés de arqueología preventiva se inicia con la presentación del proyecto de infraestructura en instancias estatales. Específicamente, estos proyectos recalan en el Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva y los servicios regionales de arqueología solicitan un ‘diagnóstico’ de acuerdo a lo mostrado en un ‘mapa nacional arqueológico’ que proporciona una idea clara de los vestigios arqueológicos y su distribución. El “diagnóstico” de la zona en la que se ejecutará una obra se realiza a través del análisis del “top soil” o cateos a lo largo del área implicada en la obra.

Posteriormente, se establece un convenio entre el contratista y el Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva en el que se establece los detalles para la implementación del proyecto arqueológico preventivo, financiamiento, cronograma, logística, etc. Seguidamente, el Ministerio de Cultura nombra al arqueólogo que ejecutará el proyecto, quien debe ser un especialista del periodo, tipo de vestigios o cultura que –se ha previsto– se encontrará durante la ejecución del proyecto. Se ejecuta el proyecto y, finalmente, los informes son enviados a las instancias respectivas, incluyendo el contratista.

Los ministerios estatales toman las decisiones sobre los restos arqueológicos detectados. De esta manera, ni los contratistas ni los arqueólogos toman las decisiones finales y se evitan los conflictos. Los términos referencias se hacen de acuerdo a intereses científicos, aunque se reciben propuestas de constructor. Se ejecutan las fases de campo y gabinete del proyecto, distribución de los informes de los resultados a las instancias competentes, almacenamiento del material, exhibición de los resultados y publicaciones. Son las instancias del estado las que determinan el tratamiento de los restos arqueológicos detectados. Las situaciones van desde evidencias muy recurrentes y conocidas hasta hallazgos excepcionales, lo que incide directamente en la continuación, paralización temporal o modificación de las obras.

Un código de patrimonio cultural vincula a la arqueología preventiva a la investigación científica en Francia. En este sentido, la arqueología preventiva no es un “producto” sujeto a los intereses del mercado sino un servicio público, de interés nacional y que atañe a la cultura y la ciencia. El operador o contratista aporta a un fondo de “arqueología preventiva” estatal, de manera que no tiene injerencia directa en sus procedimientos, no presiona al arqueólogo y/o no monopoliza los resultados. Los resultados de la arqueología preventiva se alinean sobre ejes temáticos de interés para Francia.

Las publicaciones son obligatorias y el arqueólogo tiene un plazo de tres meses para hacerlo. Desde el año 2002 se han publicado unos 2,000 artículos y 33 monografías científicas haciendo accesible la información a otros investigadores sin ningún tipo de restricciones. Unos 250 profesionales del Instituto Nacional de Investigación Arqueológica Preventiva están vinculados a 23 unidades de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica (http://www.cnrs.fr) francés, de manera que se establece un nexo estrecho entre la arqueología preventiva y las prioridades de la investigación científica. Las operaciones de arqueología preventiva o rescates realizados se encuentran disponibles en internet.

Como conclusión, Juillard sostuvo que cada sociedad (léase país y/o estado) y, de acuerdo al nivel de conciencia sobre su patrimonio cultural (léase autoestima), permiten un presupuesto que sostenga una institución capaz de evitar la destrucción de sus yacimientos arqueológicos ante la necesidad de obras de infraestructura que exige el desarrollo moderno. Al finalizar las intervenciones de los ponentes, Mario Sanoja sostuvo que: “el patrimonio cultural es propiedad de los pueblos y no es propiedad privada”, como para dejarlo sujeto a los intereses de un “mercado” que, frecuentemente, tiene más nexos con el extranjero que con el país cuyo patrimonio se esta poniendo en juego. Por su parte, Héctor Díaz-Polanco enfatizó la clásica postura de Francia –que traduce en su política cultural– de considerar la ‘excepcionalidad de la vida’ (con su expresión humana: la cultura) y, en este sentido, reconoce el derecho de todos los pueblos de establecer normas que “protejan a la cultura como algo excepcional, respecto a la tendencia del mercado a ponerlo todo bajo su órbita y control”, enajenando el derecho del colectivo ciudadano nacional a los intereses de unos pocos.


Héctor Díaz-Polanco y Mario Sanoja

Otras presentaciones y conferencias se desarrollaron en este importante evento como, por ejemplo, Real Alto y el mundo Valdivia, arte rupestre ecuatoriano, vigencia de la arqueología como ciencia social en el siglo XXI, globalización y multiculturalismo, urbanismo, violencia, etc. pero dejaremos en este punto nuestro informe para llamar la atención sobre lo que está pasando con la “arqueología de contrato” en el Perú, ¿podemos seguir obviando su problemática?, ¿el silencio sobre su praxis es tan inocente como parece?, ¿cuál es nuestra responsabilidad ante el ingente cúmulo de datos que se está produciendo con este tipo de arqueología?, ¿cuál su accesibilidad y uso en la investigación y el avance del conocimiento?, ¿se están socializando sus resultados?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?.

Esperamos que se publiquen las ponencias y que hayamos despertado algún interés en la arqueología y experiencias culturales de Ecuador que, como vemos, atraviesa por problemas bastante similares a los nuestros y, de cuyos debates, podemos aprender importante lecciones.


Amigos asistentes al III Congreso Ecuatoriano de Antropología y Arqueología en el último día del evento.

Lic. Victor Falcón Huayta (vic1falcon@hotmail.com)
Lima, enero de 2009
NOTA:Todas las fotos, a excepción de la primera y la última, son del autor.



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